Ayer Las Liebres, hoy Laborde…

Córdoba Laborde

Prof. Anabela Brunetti

 

El libro “Un poblador de las pampas, vida de un estanciero en la frontera sudeste de Córdoba entre los años 1865 y 1868” escrito por Richard Seymour, describe el paisaje del actual territorio de la localidad de Laborde diciendo: “El campo que atravesamos era perfectamente chato y solo, ocasionalmente, podían verse un rancho o pequeños grupos de árboles que se constituían en referencia en la vasta planicie sin otro límite más que el horizonte”

 

Un poblador de las pampas

 

En esta zona agobiada de malones, los Ranqueles incursionaban ejerciendo una verdadera hegemonía tiñiendo de sangre las tierras del sudeste cordobés que fueron escenario de sus correrías contra los primeros pobladores que llegaron incentivados por la Ley de Inmigración y Colonización, sancionada en 1876, que operativizó la política de “puertas abiertas” propulsada por el Estado Nacional y fue uno de los primeros instrumentos legales regulatorios que reflejan dos de sus dimensiones características: por un lado, el interés de “poblar” el territorio con el fin de asegurar la disponibilidad de mano de obra rural independiente y por el otro, el propósito de alcanzar la “civilización” como contrapartida del “atraso” y la “barbarie” adjudicada a la población nativa local (Courtis y Pacecca, 2007).

La zona comenzó a poblarse: entre los nuevos habitantes se encontraban dos jóvenes ingleses que se asentaron en un campo llamado “Monte Llovedor”, a 8 km al norte del actual pueblo de Laborde.
La compra de las tierras fiscales se hizo efectiva cuando el Contador Principal de Hacienda de Córdoba entregó un boleto de compra de campo con la siguiente recomendación: “sírvase Ud. extender a favor del sr. Juan M. Pearson la correspondiente escritura de compra de la suerte de Tierras Fiscales Número setenta y tres de serie “A”, […], con superficie de cuatro leguas cuadradas”…

El dueño de la tierra, y quien firma la escritura en el año 1866, es Juan (John) M. Pearson y Edwardes fue quien se convirtió en su socio para la explotación de la tierra.
Fue en el Monte Llovedor donde habían levantado una pequeña fortificación rodeada de zanja, pensando allí, construir la casa. seymour, en su libro, describe los hechos: “Poco después de oscurecer, en la oración de aquel día, todos los de esa estancia encontrábanse preparando la comida en sus carpas, cuando repentinamente oyeron un tropel de jinetes, y adivinando de inmediato de qué se trataba, asieron sus armas precipitándose hacia el fortín que había sido acabado de construir aquel mismo día.”

El pequeño puente levadizo que atravesaba el foso, fue alzado por los sitiados, mas, viendo Edwardes lo numeroso que eran los indios, díjoles que podían llevarse cuanto encontrasen en la carpa, pero que si intentaban penetrar en el reducto zanjeado, serían blanco inmediato de sus armas.
Mientras así hablaba, los salvajes rodearon por completo la “población” e introduciéndose en el foso, comenzaron a hurgar los muros del fortín con sus lanzas. Ante esto, los ingleses abrieron fuego contra ellos, pero estaba tan oscuro, que no sabían si acertaban o no. Los indios entonces pusiéronse a juntar mazos de paja seca que, luego de encendidos, metieron bajo el alero con sus lanzas. Pronto las llamas empezaron a devorar el techo del fortín y poco después el humo y el calor resultaban tan insoportables, que los tres ingleses (Edwardes y dos peones) se vieron obligados a precipitarse afuera, siendo en ese instante muertos.

El socio inglés John M. Pearson que salvó su vida por estar ausente e estableció en Rosario y nunca regresó al lugar y el 16 de enero de 1869, a los 30 años de edad, murió. Al fallecer soltero, su madre Ana Pearson de Mombrai heredó la propiedad y a partir de allí comenzó, en 1882, el proceso de venta de “Monte Llovedor”.

 

 

Don Ricardo Lepage, en 1882, compró el “Monte Llovedor” a Doña Ana Pearson de Mombrai, quien a su vez vendió a Don Carlos Diehl en 1901 y en el mismo año éste lo hizo a Juan María Laborde, inmigrante de origen francés, nacido en Tarbes, en los Altos Pirineos, Francia, el 29 de setiembre de 1851, hijo de Jean Pierre Laborde y de Jeanne Bebin y hermano de Jean Pierre Laborde (h) llegado a la Argentina, junto a sus padres y hermano, que contrajo enlace con Julia Darhampé (Darrampé) en marzo de 1877 en la parroquia San Miguel Arcángel de Buenos Aires con quien tuvo a sus hijos Sara, Elisa Juana, Arminda Julia Graciosa, Eduardo, María Teresa y Clotilde Celina Laborde.

El gobierno de Córdoba establecía los requisitos para fundar colonias agrícolas para que se estimulara la fundación de pueblos, por lo que cada uno debía distar, por lo menos, a 20 km. de otro de 200 habitantes o de una estación de ferrocarril. También se indicaba la forma de distribución de las villas en manzanas de 100 a 150 m separadas por calles de 14 m de ancho dejándose una plaza por cada treinta manzanas. En contraprestación, el gobierno debía recibir en donación tres manzanas.

 

Al constituirse Juan María Laborde como dueño de la Suerte N° 73 – Serie “A” del Departamento Unión, en la Provincia de Córdoba, designó a Don Ramón Díaz, apoderado especial con pleno poder para realizar en su nombre los trámites que la Ley de Colonización le demandaba ya que él vivía en Buenos Aires.
Fundó una colonia que llevaría su nombre y solicitó que se le concedieran los beneficios fiscales que fueron otorgados a la Colonia y a su respectivo pueblo que contaba con una superficie de 10.824 ha, lindando al sud con la suerte N° 80 de Wenceslao Escalante.

Obtenido este decreto que lo benefició, el apoderado se presentó en la oficina de Hacienda, a fin de realizar la donación de las manzanas N° 12 (hoy Escuela “Dardo Rocha), 25 (hoy Escuela “Mariano Moreno” y Policía) destinadas a edificios públicos; el lote de quinta N° 87 para el Cementerio público y las manzanas 50 y 23 para plazas. Se destinaron, para el trazado del pueblo, 218 ha.

Las tierras de Don Juan María Laborde empezaron a venderse y comenzaron a poblarse masivamente de inmigrantes provenientes de Italia, España, Francia y Alemania que llegaban con el precepto de “hacer la América”, es decir, trabajar y progresar en estas latitudes.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *