Modelo agroexportador

Caminos y Pueblos

por Héctor Decándido

 

Hacia mediados del siglo XIX, comenzó en Inglaterra la segunda etapa de la Revolución Industrial, iniciándose un período de rápido desarrollo tecnológico. La generalización  del uso del motor a vapor y su aplicación en la creciente industria textil posibilitó obtener mayor producción en menos tiempo. El norte europeo se llenó de fábricas que, produciendo diferentes manufacturas, generaron el desarrollo de nuevas industrias. El ganado lanar comenzó a ser muy rentable y su producción experimentó un rápido crecimiento, ocupando tierras que hasta ese momento se habían dedicado a la agricultura. La utilización de nueva maquinaria fue, a su vez, desplazando al agricultor rural.
Comenzó un proceso migratorio desde el campo hacia las ciudades que atraían, como un gran imán, a los campesinos que querían escaparle a la pobreza. El desarrollo industrial experimentado por algunas ciudades o zonas, no pudo absorber la creciente necesidad de la mano de obra desocupada, por lo que algunas regiones de Europa comenzaron a ser centros expulsores de una población que debió emigrar para buscar nuevas oportunidades en regiones del planeta en las cuales la economía demandaba fuerza de trabajo.

La tecnología del vapor también se aplicó a los medios de transporte marítimo y terrestre. A partir de ese momento fue más fácil, rápido y seguro llegar a cualquier puerto, lo que posibilitó  un extraordinario crecimiento comercial interoceánico, mientras que el tren fue el encargado de comunicar los puertos con el interior mediterráneo, llegando a cada estación que se fue construyendo. Otro invento que revolucionó la época fue el telégrafo, acortando los tiempos para la comunicación y facilitando así la rápida  concreción de los negocios. Este proceso fue potenciado, unos años después, con la  aparición del teléfono.
Ese capitalismo europeo en creciente expansión, necesitaba del mercado externo. Inglaterra se consolidó como la gran potencia militar y económica del Siglo XIX, y para ser el “Taller del Mundo” les impuso a los demás países “periféricos” un papel inamovible en la “División Internacional del Trabajo”. Los otros serían simples proveedores de  materias primas o alimentos (baratos) y compradores de sus productos manufacturados.
La lógica básica del capitalismo es la maximización de ganancias. El desarrollo industrial y el intercambio comercial posibilitaron que estos países acumularan grandes cantidades de reservas que fueron utilizándose para la especulación o para  invertir en negocios que generararían más ganancias. Sabido es que el poder económico siempre ha tenido influencia sobre el poder político. Esos capitales serían un arma fundamental para presionar a las oligarquías latinoamericanas, que ahogadas financieramente por el permanente desequilibrio fiscal y, encandiladas por las luces de Europa, aceptarían disciplinadamente el “liberalismo económico”, doctrina basada en el principio “dejar pasar, dejar hacer”, y asentada en la desregulación y apertura de la economía al capital extranjero sin que el Estado intervenga para proteger los intereses nacionales.

 Las oligarquías de nuestro país, mayoritariamente ligadas al capital británico, serían los ganadores locales con el nuevo modelo económico. Para adaptarse a la demanda europea y concretar la inserción del país agroexportador en el mercado mundial era prioritario tomar ciertas medidas. Y las tomaron: unificar el país bajo el liderazgo de Buenos Aires; desarrollar las instituciones necesarias para consolidar el Estado Nación; concretar la “pacificación”, callando a todos los que se oponían a este modelo;  apropiarse de las tierras útiles para la producción agrícola-ganadera, desplazando a los que las estaban ocupando; y conformar la estructura jurídica, necesaria para darles “seguridad” a los inversores. También se debió construir la infraestructura necesaria, para facilitar el comercio de exportación. Todas estas políticas se materializaron en el período denominado “Organización Nacional” (1862-1880).

Priorizar el desarrollo ferroviario en nuestra Pampa Húmeda fue condición sine qua non para acercar el producto de estas tierras fértiles a los puertos. Los primeros rieles colocados en nuestro país datan de 1857, con un recorrido de 10 km. en la ciudad de Buenos Aires. Desde 1854 la Confederación Argentina (disuelta en 1861) proyectaba construir un “camino de fierro” desde el puerto de Rosario hasta la ciudad de Córdoba. Ese proyecto inicial recién comenzó a materializarse nueve años después. Fue el primer gran emprendimiento del país y revolucionó el sistema de transporte.

Para realizar la obra se contrató a la empresa de capitales ingleses denominada “Ferro-Carril Central Argentino”. Aquella se dio por iniciada en mayo de 1863 en Rosario y se fue habilitando para el público de la siguiente manera: hasta Tortugas, el 1º de mayo de 1866; hasta Fraile Muerto (Bell Ville), el 1º de septiembre de 1866; hasta Villa María, el 1º de septiembre de 1867; hasta Chañares (James Craik), el 1º de agosto de 1869, quedando totalmente concluido el tramo hasta Córdoba el 18 de mayo de 1870.

 

F.C.C.A. HORARIO desde Rosario hasta F. Muerto (1866) 

Con la asunción de Julio Argentino Roca como presidente de la nación (1880-1886) se abrió un nuevo período que se ha dado en llamar “Oligárquico Conservador”. Finalizada la (mal llamada) “Campaña al Desierto”, el principal objetivo sería convertir al país en exportador de productos agropecuarios. Buenos Aires y el resto de la Pampa Húmeda pasaron a ser la zona favorecida por el modelo; Mendoza y Tucumán fueron economías subsidiadas para abastecer el mercado interno; y el resto del país  fue postergado o abandonado a su suerte. El dogma hegemónico del “libre mercado”, no contempló el desarrollo de la industria nacional ni la protección de las economías regionales.

La firme decisión política de pasar a ser “El Granero del Mundo”, contaba con la aprobación británica. El gobierno nacional allanó el camino para atraer al capital extranjero, que creía fundamental, para la inversión privada y la financiación del Estado. Con estos recursos llevó a cabo un ambicioso plan de obra pública, y fomentó la construcción de nuevas líneas férreas, a la vez que reimpulsó e implementó todas las medidas necesarias para atraer de Europa la mano de obra que era imprescindible para poner en producción estas tierras. A partir de ese tiempo comenzó a llegar desde el sur europeo (mayoritariamente de Italia) la gran cantidad de inmigrantes que fue poblando esta zona.

Para 1880 el proceso de concentración de la tierra en pocas manos ya se había consolidado. Los gobiernos de Santa Fe y Córdoba, para financiar su déficit fiscal, habían ido vendiendo, rematando o entregando campos fraccionados en lotes de 2 o 4 leguas (aprox. 5000 o 10000 has.) que fueron adquiriendo, a muy bajo costo, unos pocos allegados al poder. Estos, con la intención de aprovechar el impulso del negocio inmobiliario por el incremento de la demanda, comenzaron a dividir sus grandes parcelas y fundaron “Colonias Agrícolas” (de acuerdo a la ley vigente que permitía de esta forma no pagar impuestos durante 7 años) con el objetivo de ofrecer lotes para su venta o alquiler. El inmigrante que llegó hasta estas tierras, en la gran mayoría de los casos sin dinero, fue la principal víctima de esta situación, ya que para ser “colono” debió arrendar las tierras aceptando las condiciones abusivas impuestas por los terratenientes.

La creciente especulación interna (financiera e inmobiliaria) y el acelerado endeudamiento externo del país terminaron en la gran crisis económica y política de 1890. Argentina quedó colapsada, quebrada financieramente y dependiente del mercado externo. El contexto mundial era muy favorable para su reconstrucción económica, por lo que un par de años después se inauguró un período de crecimiento acelerado, pero totalmente condicionado por el capital extranjero.  Nos fuimos convirtiendo paulatinamente en una especie de “colonia inglesa”, que siendo funcional a los intereses de su metrópolis fue afianzando este modelo de desarrollo económico “hacia afuera” que le brindó grandes beneficios a una “minoría privilegiada”.

  Llegado 1910, año del centenario de la “Revolución de Mayo”, Argentina era uno de las naciones del mundo con mayor ingreso por habitante, era un “País Rico”, pero profundamente desigual. Había experimentado un gran desarrollo económico, pero las riquezas generadas estuvieron muy mal distribuidas. Sólo se había beneficiado un sector muy pequeño de la sociedad, y  la gran mayoría seguía inmersa en la absoluta pobreza.

El aumento de la producción dependía de la constante incorporación de tierras y de los brazos necesarios para trabajarlas. Después de 1880 nuestra zona experimentó un notable crecimiento demográfico. Los pueblos fueron surgiendo o creciendo junto a las estaciones del ferrocarril y los campos se llenaron de colonias y colonos. Los nuevos centros de producción dependían del desarrollo de nuevas arterias de comunicación.  Nuevos caminos de tierra  fueron abiertos a medida que se hicieron necesarios.
La gran mayoría de ellos aún se conservan, aunque son cada vez menos transitados.