Estación Cañada de Gómez, Testigo silenciosa de la ciudad

Cañada de Gómez Santa Fe

por Pablo Daniel Di Tomaso

 

La ciudad de Cañada de Gómez, como la mayoría de este largo camino que une las barrosas aguas del Paraná con el viento seco de las Sierras Cordobesas, tiene su origen en la habilitación de una estación ferroviaria. Aquella jornada del 1º de mayo de 1866 el sonido de las máquinas rompieron el silencio de las pampas húmedas naciendo así lo que en muy poco tiempo sería una de las ciudades más importantes de la región.

El nombre de la Estación viene de la mano con la identificación que se tenía de este lugar como La Cañada de los Gómez que tiene origen en la Estancia que fundara Miguel Gómez en 1750 y que sus descendientes abandonaron cien años después cuando se enfrentaron políticamente con el Brigadier Estanislao López.

Pero nuestra Estación fue testigo de la totalidad de nuestros hechos históricos. El primero de ellos fue el paso de la locomotora Cordova y tras ella la llegada de nuestros primeros habitantes, aunque algunos ya residían en la vasta zona rural como aquellos criollos del Pueblo Argentino fundado por la familia de Cirilo Peralta allá por el ´63; y otros bajaban de los trenes en busca de un futuro incierto en un país donde todo estaba por hacerse. Pero ¿cómo era esa Cañada cuando arribaron los primeros inmigrantes? Quién mejor lo describió fue una de ellas, la recordada Margarita Hansen cuando nos relata que

«Quien atraviesa actualmente la estación o la ciudad de Cañada de Gómez, difícilmente podrá creer que en el año 1867 no existía galpón, taller o edificio alguno. La edificación que hacia las veces de estación se componía de dos piezas y una pequeña cocina. La casa misma era de construcción sólida y fuerte, y según tengo entendido, las dos piezas existentes han sido anexadas al edificio actual y aun hoy se usa como boletería, despacho, etc. En la época de nuestra llegada componía la estación a más de lo mencionado un pequeño galpón ubicado al otro lado de las vías y un pozo a balde y un corral. Del lado oeste de la casa crecía un  raquítico paraíso y pasto verde hasta donde la vista se perdía. Eran nuestros vecinos, más cercanos los que habitaban donde ahora está el cementerio en un rancherito circundado por una pared de adobe en defensa de los malones de indios que en estas épocas solían producirse y de la hacienda chúcaras que había en  los alrededores. Estos vecinos eran argentinos serviciales y muy decentes. Además otra clase de animales merodeaba a veces de noche, así por ejemplo: nuestra perra atada a la cadena mató una vez a un zorro. Del lado opuesto nuestros vecinos más próximos eran la familia Heiland que justamente con los jornaleros meekleburgueses seguía trabajando en la estancia Schönberg que estaba situada entre la estación de Cañada de Gómez y Correa (…) era la estación que más cómoda quedaba a los estancieros del Norte y del Sur para viajar a Rosario y muchas veces veíamos llegar poco antes de la llegada del tren de Córdoba, a galope tendido, varias cabalgatas de los señores de la estancias de los ingleses, que, tras rápida merienda (queso, pan, sardinas y café) seguían viaje en tren y quedaban en la estación los peones y los caballos, los primeros para cuidar a éstos. En el sur había grandes estancias cuyos propietarios eran argentinos de viejo arraigo y linaje y en el Norte también una que otra estancia grande de alemanes, que ocasionalmente nos frecuentaba cuando viajaban en tren.»[1]

Y así, de a poco fuimos creciendo, a tal punto que el 5 de abril de 1873 el gobierno provincial nombró a nuestro primer Juez de Paz, cuyo cargo fue ocupado por Cirilo Peralta, dando inicio a la Colonia. Diez años después, en una ley reglamentada hacia finales del ´83, se crearon nueve departamentos en Santa Fe siendo ellos La Capital, Rosario, San José, San Javier, Colonia, San Gerónimo, Iriondo, San Lorenzo y General López. A Cañada de Gómez se la designó cabecera del Departamento Iriondo transformándose en Pueblo a partir del 1º de enero de 1884. Para esos años nuestra Estación iba tomando la forma edilicia que tiene en la actualidad ya que a finales de la década del ochenta del Siglo XIX sus dos plantas estaba terminadas. Y allá, en las alturas la Estación tuvo la mejor de las plateas de ese escenario que nos regala el progreso del ferrocarril y el surgimiento de un pueblo a su lado.

Para no sentirse sola, a la Estación, la abrazaron dos plazas, La República y La Argentina, aunque esta última tuvo poca vida ya que al poco tiempo la Comuna se la cedió al Club América para el desarrollo de sus actividades. Nuestro primer templo fue levantado entre 1879 y 1885, donde miraba celoso a ese inmenso edificio inglés. Pedro Reün, aquel primer jefe que llegará en 1867 prefirió hacer su hogar a pocos metros de ella, lamentablemente una epidemia no dejó que el primer ferroviario de la ciudad pudiera habitarla. Poco a poco la Plaza República fue tomando color en tiempos de fotos grises, el Hotel, la casa de los Schnack, la esquina de James, la casona donde hoy se encuentra el Museo Histórico Municipal, el Banco Nación, las colectividades, la curtiembre, las escuelas, el Lawn Tennis, el rugby y el fútbol giraban alrededor de una Estación que sumaba día a día más empleados a su servicio. Ángel Benetti en su libro El Ferrocarrill… Un Sentimiento expresa que

«El Ferro Carril Central Argentino, modificó la forma de vivir de los habitantes de una extensa región, y desde 1870, mantuvo un gran movimiento tanto de cargas como de pasajeros transportados. Ese año, en 1870, la Empresa transportó a 35000 pasajeros y 73000 toneladas de cargas, y 10 años después, los que viajaban en sus trenes se había duplicado. En 1884 los pasajeros ya eran 140000 al año y las toneladas de carga más de 300000. Ese año las ganancias líquidas de la empresa, ascendieron a un millón setecientos mil pesos (…) necesitó ampliar sus líneas, y es entonces, que luego de tener las autorizaciones necesarias deciden que desde Cañada de Gómez partieran nuevos ramales, pensando llegar por el Sur a Buenos Aires y por el Norte a Tucumán, y otros menores para de esa manera poder traer y distribuir mercaderías desde aquí. Por ello, rápidamente se eligió y decidió construir en Cañada de Gómez una gran playa de maniobras para la formación de los futuros trenes, además de las edificaciones para todos los nuevos servicios, talleres de locomotoras, vagones, de vías, de obras, la parte administrativa, como así viviendas para el personal jerárquico inglés y funcionarios locales que se harían cargo del nuevo sistema. Para una unión con la playa de Rosario, se comenzó a construir un tendido de vía doble, que reemplazaría al primitivo, el que en un principio llegaría a Tortugas, y permitir así una mejor y más eficaz circulación de los nuevos trenes. Esa playa, alcanzó los 12.568 metros de vía, con una capacidad para 800 vagones del tonelaje y envergadura de la época, con 5 patios de recepción y formación de trenes, 3 cabinas de señalamientos, etc., etc.»[2]

Todas estas modificaciones hicieron que la Estación sea una de las más importantes, sumado a que era la que se encontraba en la mitad del recorrido entre Buenos Aires y Córdoba, y la demanda de mano de obra hizo que muchos se radicarán en Cañada de Gómez inclusive ferroviarios que venían de otros destinos. La llegada de nuevos habitantes acrecentó cultural y socialmente la vida cañadense. Y de nuevo la Estación volvió a ser testigo de un hecho importante, la declaratoria de ciudad en 1922. Aunque sobre lo ocurrido ese 7 de octubre y los días previos, los recuerdos no sean de los mejores. Todos sabían de la trampa del gobierno por hacer ciudad a la Cañada, teníamos la mitad de los habitantes que decía el Gobernador. Quizás por eso la indiferencia. La llegada del tren oficial tuvo menos público que la llegada del tren de encomiendas, apenas unos simpatizantes del Dr. Mosca y los que se vieron obligados a recibirlo. Pero la Estación se encargó de tapar el sol con las manos por un instante, al sonido de la bocina los ferroviarios acompañaron con sus campanadas el arribo de la comitiva.

 

 

Cañada ya era ciudad, y no importaba nada. La Estación orgullosamente en sus tarjetas cambia la denominación Pueblo por la flamante adquirida. El Dr. Ricardo Andino se transformó en el primer intendente de la ciudad y fue ella quién lo recibió cada mañana cuando desde Correa venía a administrar los destinos de la ciudad. En medio siglo, aquella pradera espesa, verdosa y húmeda llamada La Cañada de los Gómez se transformó en la Ciudad, y todo eso gracias al empuje, a la solidaridad y al progresismo que impuso el ferrocarril con su llegada.

Pero no termina acá nuestra historia, la Estación guarda muchos secretos de nuestro pasado. Por su anden pasaron Domingo F. Sarmiento (23-1-1870), Julio A. Roca (1875), Marcelo T. de Alvear (16-2-1936), Edelmiro Farell (1944), el educador y patriota puertorriqueño Eugenio Mª de Hostos (1873). Otros viajeros que en ella descendieron fueron Lisandro de la Torre (1913), Alfredo Palacios (1930) y Carlos Gardel (1930 y 1933) y los gobernadores Enrique Mosca (1922), Ricardo Aldao (1925) y Luciano Molinas (1932). Nicolás Avellaneda habló desde un vagón (1875) al igual que Arturo Frondizi (1958) y Eduardo Duhalde (1999) y María Eva Duarte de Perón saludó al público reunido para ovacionarla (1947-1948). Otros de los recuerdos de la Estación, eran las llegadas de Alfonsina Storni que esperaba a su familia de Bustinza para pasar sus vacaciones en esa localidad, lejos de los problemas de las grandes urbes.

En 1961, la Estación sintió por primera vez en su vida la sensación de estar sola. La dura huelga realizada en ese año la dejó sola. Sintió temor a perderlo todo. Sus obreros daban la vida por ella y volvieron como héroes 42 días después a trabajar como el primer día. En 1969, la Estación albergó a quiénes huían de las balas asesinas de la infantería cuando el pueblo salió a las calles a defender a su pastor, el querido Padre Amirati. Durante varios años abrigó y cuidó a jóvenes trasnochados que habían dejado en Macako´s sus penas de amor o bien, habían tocado el cielo con sus manos conociendo algún amor. Pero la Estación ya estaba grande, sentía el cansancio del paso del tiempo. Las cosas no eran como antes. Ella, en silencio y a escondidas, lloraba al ver como de a poco las malas decisiones de quiénes nos gobernaban iban destruyendo la vida ferroviaria. Y el temor a quedarse sola la invadió nuevamente. Ella sentía en su piel, el dolor de aquellos hombres que trabajaron bajo su manto, sentía el ahogo del alcohol en el que muchos se resguardaron. El sistema, el maldito sistema, los dejaba afuera de la vida social, cultural y recreativa. Les sacaba el pan de cada día. Y así que fue en la década del 90 cerró sus ojos para ya no ver. Aquella Estación que dio vida a la Cañada de los Gómez parecía entrar en el olvido.

Mientras la vida de la Estación se iba apagando, muchos abusaron de ella. La saquearon, se llevaron sus ropas, quemaron sus cartas, violaron cada uno de sus rincones y abusaron de su enfermedad. Los trenes de a poco ya no vinieron a saludarla, hasta que un día no llegaron más. El estado de inconciencia de la Estación no le permitió enterarse lo que le había sucedido. Mientras tanto, la ciudad que había nacido gracias a ella miraba para otro costado. Ya no necesitaba de la vieja Estación. Los viajes se hacían en coches modernos y en aviones que el modelo neoliberal les había regalado. Los ferroviarios que se quedaron huérfanos fueron buscando nuevos destinos y de a poco fueron apagando la pena de la pérdida. Pero no todo estaba perdido. Un grupo de Amigos del Riel, se juntaron, unieron sus fuerzas que ya estaban desgastadas por los años pero se mantenían intactas por el amor ferroviario y decidieron comenzar la utopía de recuperar a la vieja Estación. Cuando creíamos que ella se moría, la Municipalidad, la misma que llegó a ser grande por ella, decidió darle vida a la madre de toda la ciudad, a la Estación. Se la volvió a pintar, se le curó sus heridas y de a poco fue abriendo sus ojos. Sus hijos, decidieron retornar y se sumaron a los Amigos para que la Estación volviera a ser testigo de la vida cañadense.

La Estación se convirtió en Escuela, y año tras año, miles de niños y adultos aprenden a pintar, a bailar, a jugar y a vivir en libertad. Ahora a la anciana Estación la custodian los museos, uno de ellos con sus recuerdos, los otros dos con las historias y el arte de sus hijos.

Si alguna vez te sentís vencido, párate frente a ella. Y te darás cuenta que se mantiene firme, esbelta y alta por algo. Porque ella fue y es nuestra madre, fue la iniciadora de la ciudad, fue la que la cuidó, la que la guió y aún estando caída, pudo hacerles entender a los cañadenses que sin ella una parte de la vida se iba a perder. Alguna vez Antonio Machado escribió «el tren, al caminar, siempre nos hace soñar; y casi, casi olvidamos el jamelgo que montamos.»[3]

Ojalá podamos los habitantes de esta región, poder volver a sentarnos a viajar en tren, cerrar nuestros ojos y soñar, soñar y dejarnos llevar… Nunca olvidemos a nuestros antepasados ferroviarios y apostemos a la conservación de cada una de la estaciones que comprenden nuestro recorrido. En cada una de ellas están guardadas las mejores imágenes de un país que pensó crecer en forma federal, económicamente libre y justo.

 

[1] Margarita Hansen. Quién realiza un viaje tiene algo para contar. 1931

[2] El Ferrocarril… Un Sentimiento. Ángel Benetti. Mayo de 2011

[3] El tren. Poema de Antonio Machado